Valladolid se rinde al 'cristo yacente': una procesión que detiene el tiempo

La Plaza de Santa Ana de Valladolid se convirtió ayer en el epicentro de una emotividad palpable. Miles de vallisoletanos, turistas y fieles se congregaron para presenciar el traslado del 'Cristo Yacente', una obra maestra de Gregorio Fernández que, a pesar de un retraso inicial, sumergió a la ciudad en el recogimiento propio de la Semana Santa.

Un cortejo fúnebre marcado por la sobriedad

Un cortejo fúnebre marcado por la sobriedad

La imagen, propiedad del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana, salió del monasterio poco después de las 18:50 horas, escoltada por el Ejército y con el sonido grave de los tambores como telón de fondo. Pero lo que realmente impactó fue el silencio. Un silencio profundo, casi reverencial, que acompañó al paso, evidenciando la profunda devoción que suscita esta talla barroca. La procesión, que transcurrió por las calles Santa Ana, María de Molina, Héroes del Alcántara y Zuñiga, se caracterizó por una marcada sobriedad, con una acompañamiento musical reducido que realzaba la atmósfera fúnebre.

Lo que nadie cuenta, a menudo, es el simbolismo que subyace a este acto. El reencuentro, al final del cortejo, de la Virgen de la Soledad con el cuerpo inerte de su hijo, una representación visualmente conmovedora que apelaba directamente al corazón de los presentes. La imagen de la Virgen, de origen XVIII y autoría anónima, parece buscar, desesperada, el consuelo en la tragedia.

El 'Cristo Yacente', fechado entre 1631 y 1636, es una de las joyas del taller de Gregorio Fernández. Su traslado, una tradición que se remonta a 33 ocasiones, se ha visto interrumpido en cinco ocasiones, incluyendo los Sábados Santos de 2024 y 2025. Los hermanos del Santo Entierro, ataviados con túnicas de terciopelo negro, mantienen viva esta tradición desde 1931, un legado de fe y arte que trasciende generaciones.

El consiliario, al concluir el acto religioso, ofreció una breve reflexión que resonó en la plaza, mientras un coro entonaba cánticos que acompañaron la entrada de las imágenes al Museo del Monasterio, cerrando así un ciclo de recogimiento y devoción que marca la Semana Santa de Valladolid.

La cifra habla por sí sola: 21 grados a la sombra, una tarde soleada que contrastaba con la penumbra emocional que envolvía la Plaza de Santa Ana. Un día para recordar, un día en el que el arte, la fe y la tradición se entrelazaron en una procesión que detuvo el tiempo.