Sri lanka: el té de ceilán oculta una herencia de explotación colonial

Detrás del aroma embriagador y el brillo dorado del té de Ceilán, uno de los mayores motores de divisas de Sri Lanka y un símbolo de distinción internacional, se esconde una realidad amarga: un sistema de explotación arraigado en la época colonial que mantiene a miles de recolectores en la miseria, dos siglos después de su implantación. La situación, denunciada por organismos internacionales y vinculada a formas de esclavitud moderna, se agrava tras el devastador ciclón Ditwah.

La tragedia del ciclón y la exclusión sistemática

El ciclón de noviembre pasado, que arrasó la isla dejando un reguero de muerte y destrucción, golpeó especialmente duro a las comunidades tamiles de los distritos de Badulla, Kegalle y Nuwara Eliya. Más de 500 familias, que ya vivían en condiciones precarias, se encuentran ahora hacinadas en refugios temporales improvisados, excluidas de los planes de reconstrucción estatal debido a la falta de títulos de propiedad sobre las fincas donde han trabajado durante generaciones. K. M. Malarvili, como tantos otros, se vio obligada a refugiarse en un cobertizo de recolección de hojas de té tras un deslizamiento de tierra que sepultó su aldea. “No teníamos a dónde ir”, relata. “Primero nos enviaron a una escuela, pero cuando comenzaron las clases, nos trasladaron a un ‘dalu maduwa’, uno de esos cobertizos donde se recogen las hojas”.

Un sistema de deuda colonial que persiste

Un sistema de deuda colonial que persiste

La exclusión de Malarvili y de miles de tamiles Malaiyaha, como se les conoce, es consecuencia de un sistema legal profundamente injusto, herencia del sistema colonial “kangany”. En el siglo XIX, los británicos introdujeron este esquema de deuda forzosa para trasladar trabajadores de castas bajas del sur de la India a las plantaciones. Se estima que 160.000 personas perdieron la vida durante los viajes y en el duro trabajo de abrirse paso en la selva. La estrategia era simple: mantener a los trabajadores aislados en barracones propiedad de las plantaciones, impidiéndoles adquirir tierras o viviendas fuera del control de la empresa.

Tras la independencia en 1948, el Estado continuó negando la ciudadanía y la propiedad a estas comunidades, perpetuando un ciclo de pobreza y exclusión. “Los funcionarios se niegan a procesar nuestros expedientes, alegando que somos responsabilidad de las plantaciones”, denuncia Nadesan Suresh, activista que lucha por los derechos de los Malaiyaha. La cifra es alarmante: cerca de 60.000 tamiles Malaiyaha se vieron afectados por el ciclón y permanecen en refugios temporales, atrapados en una trampa legal que los condena a la precariedad.

El amargo sabor del éxito económico

El té de Ceilán, promocionado por el gobierno como el “regalo de Sri Lanka al mundo”, se produce a costa de la explotación de esta comunidad. A pesar de ser una de las principales fuentes de divisas para la isla, los beneficios de esta industria multimillonaria no se traducen en mejoras para quienes la sostienen. “¿Acaso no generamos dólares valiosos para este país? Trabajamos durante décadas y aún nos tratan como ciudadanos de segunda”, se lamenta V. S. Seelan, otro recolector de té, desde Kandy. Las llamadas “casas de línea”, barracones en las plantaciones sin escrituras ni títulos de propiedad, se están resquebrajando bajo la lluvia, amenazando con derrumbarse sobre sus ocupantes. Los dueños de las plantaciones, sin embargo, insisten en que regresen a sus hogares.

El Colectivo de la Sociedad Civil para la Reconstrucción de Malaiyaha (CSCMR) ha enviado una carta al presidente Anura Kumara Dissanayake, exigiendo compensaciones económicas, viviendas con escrituras formales y el derecho a la propiedad de la tierra para las mujeres. Mientras tanto, Malarvili, atrapada en Badulla, se enfrenta a la sequía y a la incertidumbre. La ironía es palpable: el té que conquista paladares internacionales se produce a costa de la miseria de quienes lo cultivan, un amargo legado colonial que Sri Lanka aún no ha logrado superar.