Pascua a puerta cerrada en jerusalén: un vacío que desafía la fe
El Domingo de Resurrección en Jerusalén, tradicionalmente un torbellino de fervor y esperanza, se ha transformado en un eco silencioso. El cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén, ha presidido la misa de la Vigilia en la Basílica del Santo Sepulcro ante un puñado de frailes, a puerta cerrada, bajo el implacable escrutinio de las fuerzas de seguridad israelíes. Un simbolismo desgarrador en medio de un conflicto que ha paralizado la ciudad santa.

La ruptura de la fe en tiempos de guerra
“Aquí, dentro de este Sepulcro, no nos encontramos ante un símbolo: nos enfrentamos a un vacío real”, declaró Pizzaballa en su homilía, una frase que resonó con la amargura de la situación. La Pascua, la celebración central del cristianismo, ha comenzado, según sus palabras, no con explicaciones, sino con una “ruptura desorientadora”. El cierre del Santo Sepulcro, uno de los lugares más sagrados para los cristianos, es un reflejo de la tensión palpable en Jerusalén Este.
La semana pasada, la policía israelí impidió al cardenal Pizzaballa oficiar la misa del Domingo de Ramos en el mismo lugar, generando una ola de protestas internacionales que obligaron al gobierno de Netanyahu a rectificar. La doble vara de medir es evidente: mientras se restringe el acceso a los fieles cristianos, la Bendición Sacerdotal judía, Birkat Kohanim, se celebró este domingo en una sección subterránea del Muro de las Lamentaciones, sin las mismas limitaciones.
Fuera de las puertas de la Basílica, una multitud de cristianos, algunos con palmas, cruces y velas, se vio frustrada en su intento de participar en la celebración. Cristina Toderas, residente en Jerusalén y originaria de Rumanía, expresó su desconcierto: “Es realmente muy difícil querer venir a rezar y no encontrar nada. ¿Por qué está cerrada?”. Un sentimiento compartido por Deivis, un cristiano de Tel Aviv, que se preguntó, con lógica, si “deberían dejar entrar a la gente porque la religión es de todos”.
El endurecimiento de las medidas de seguridad, justificado por el estado de emergencia derivado del conflicto con Irán, ha paralizado la actividad económica y la vida religiosa en la Ciudad Vieja. Los bares y tiendas permanecen cerrados, y la entrada a la Explanada de las Mezquitas se encuentra bajo fuerte custodia policial. Pero la aplicación selectiva de estas restricciones es lo que ha generado mayor indignación: mientras se prohíbe el acceso a los fieles cristianos, las celebraciones judías se desarrollan con relativa normalidad. Un pequeño detalle, pero revelador de las tensiones latentes en la ciudad.
Lo que nadie cuenta es que, a pesar de las restricciones, los israelíes celebraron el Purim en marzo, y las protestas antiguerra en Tel Aviv, donde se superan con frecuencia los límites de reunión establecidos, no son dispersadas con la misma contundencia que la manifestación de ayer, donde 17 personas fueron detenidas.
La Pascua de Resurrección en Jerusalén, un símbolo de esperanza y renovación, se ha convertido en un espejo de las divisiones y las restricciones que asfixian la ciudad santa. Un vacío real, como lo describió el cardenal Pizzaballa, que no solo se encuentra en el Santo Sepulcro, sino en el corazón de una comunidad que anhela la paz y la libertad religiosa.