Mérida se sumerge en la oscuridad: un vía crucis ancestral conmueve al anfiteatro romano
La noche emeritense se tiñó de recogimiento y silencio esta madrugada, mientras miles de fieles asistieron al impactante Vía Crucis del Cristo de la O, una tradición centenaria que transforma el Anfiteatro Romano en un escenario único de devoción.

Un rito ancestral bajo la mirada de los romanos
El Anfiteatro Romano, testigo de espectáculos gladiatorios hace más de dos mil años, se convirtió en un espacio de íntima oración. La imponente cruz de velas iluminaba la representación, mientras los cantos litúrgicos, esta vez con la sonoridad de la liturgia hispano-visigótica a cargo de la Capilla Gregoriana, resonaban entre las ruinas, creando una atmósfera sobrecogedora. La imagen, la más antigua de la ciudad, data del siglo XIV y es portado por diez costaleros, guiados por Juan Antonio Domínguez, en un cortejo silencioso que se abre paso entre la multitud.
A diferencia de otras procesiones, el Vía Crucis del Cristo de la O prescinde de la banda musical, optando por el pausado redoble de tambores sordos que invita a la reflexión profunda. Un detalle que acentúa la solemnidad del evento y permite que el silencio se convierta en el protagonista indiscutible.
El recorrido, que incluyó paradas en lugares emblemáticos como el Templo de Diana y la fachada del Museo Nacional de Arte Romano, culminó en el anfiteatro, donde se desarrollaron las catorce estaciones de penitencia sobre la arena. Es la imagen que, año tras año, transporta a los presentes a la pasión y muerte de Cristo, en un enclave cargado de historia y simbolismo.
El Papa Francisco, en su visita al pregón de 2025, definió la Semana Santa de Mérida como “única en el mundo”, destacando la singularidad de revivir estos momentos cruciales en escenarios de tanta antigüedad. Además, el Sumo Pontífice ensalzó la figura de Santa Eulalia, la niña mártir, cuyo culto convirtió a Mérida en un crisol del cristianismo hispano y un destino de peregrinación a lo largo de los siglos.
El año pasado, la lluvia obligó a trasladar la procesión a la Concatedral, pero este año, el tiempo respetó la tradición, permitiendo que el fervor se extendiera por todo el Anfiteatro Romano. Tras el besapié al Cristo de la O en la sede metropolitana, se pone fin a una Semana Santa que ha reafirmado el profundo arraigo de la fe en Mérida, una ciudad que, como recordó el Papa, ofrece una conexión tangible con los orígenes de la cristiandad.