Irak: excesos de euforia o reconocimiento merecido tras clasificar al mundial 2026
Bagdad se ha entregado a un fervor futbolístico pocas veces visto. El reconocimiento del Gobierno iraquí a la selección nacional, clasificada para el Mundial de 2026 tras una espera de cuatro décadas, ha ido mucho más allá de los habituales homenajes. Pasaportes diplomáticos, calles conmemorativas, un sello postal dedicado y hasta viviendas “especialmente diseñadas” para los jugadores: una cascada de privilegios que levanta interrogantes sobre la proporcionalidad de la respuesta.

Un festín de honores: ¿justificado o desmedido?
El Consejo de Ministros iraquí ha aprobado un paquete de medidas, aún pendiente de ratificación, que buscan inmortalizar el “histórico logro” de los “Leones de Mesopotamia”. Si bien la clasificación es, sin duda, un hito para el país, la magnitud de las concesiones ha generado debate. La designación de calles con el nombre del equipo en Bagdad y todas las provincias, la creación de un mural conmemorativo y la promesa de un museo nacional dedicado al fútbol iraquí, son gestos que, si bien demuestran la pasión del país por el deporte, podrían considerarse excesivos en un contexto de desafíos socioeconómicos.
La selección iraquí selló su billete al Mundial tras vencer a Bolivia por 2-1 en Monterrey, un partido que, de por sí, ya merecía una celebración. Pero la respuesta gubernamental, con la entrega de viviendas de lujo y pasaportes diplomáticos, contrasta con la realidad de muchos iraquíes que luchan por acceder a necesidades básicas. La cifra habla por sí sola: Irak, que se enfrentará a Francia, Senegal y Noruega en el Grupo I, no ha participado en un Mundial desde 1986, un período marcado por conflictos y turbulencias políticas.
Pero hay un detalle que merece atención. La euforia desatada tras la clasificación, justificada quizás por la necesidad de un bálsamo para el espíritu nacional, podría estar nublando el juicio. La asignación de recursos a este tipo de homenajes, en detrimento de áreas como la educación o la sanidad, levanta legítimas preguntas sobre las prioridades del Gobierno.
El futuro dirá si este festín de honores se traduce en un impulso para el desarrollo del fútbol iraquí o si se quedará como un episodio aislado de excesiva euforia. Lo cierto es que, mientras tanto, la imagen de un país volcándose en el fútbol, en detrimento de otras necesidades apremiantes, no deja de ser desconcertante.