cultura

Rosalía: entre la fe, el escenario y el marketing perfectamente calculado

Madrid ha sido testigo, durante estos últimos días, de un fenómeno que trasciende la mera experiencia musical: una suerte de peregrinación contemporánea a la figura de Rosalía. Jóvenes vestidas de novia, novias, incluso religiosas, han inundado las inmediaciones del Movistar Arena, creando una atmósfera que recuerda más a una procesión que a un concierto pop. Pero, ¿qué se esconde tras esta marea blanca y la ferviente adhesión a un discurso espiritual que la artista ha ido construyendo?

La imagen, el sonido y la desconexión digital

El espectáculo del Lux Tour, repetido hasta la saciedad en redes sociales, ha confirmado un patrón: la primacía de la puesta en escena sobre la calidad intrínseca de la música. Si bien la propuesta visual es innegablemente poderosa –coreografías, orquesta, equipo de danza–, y Rosalía demuestra un esfuerzo encomiable en el escenario, la experiencia se diluye en la ansiedad digital, en la búsqueda constante de la foto perfecta para compartir. El resultado es una desconexión paradójica entre el espectador y la performance.

Es innegable que la artista, una luchadora nata, se entrega por completo a su trabajo. Pero, ¿es su voz realmente tan arrolladora como se ha proclamado? En ciertos momentos, la dependencia de los playbacks resulta evidente, y en otros, la fatiga se hace patente. El repertorio actual también genera interrogantes: la dificultad para integrar sus primeras canciones, la concesión de protagonismo a temas, como la balada italiana o la desafortunada versión de “Can’t Take My Eyes Off You”, que parecen forzadas y carentes de convicción.

Un lenguaje universal (o la falta de comprensión)

Un lenguaje universal (o la falta de comprensión)

El público, en su mayoría, parece no prestar atención a las barreras idiomáticas. La cantante salta del español al inglés y, ocasionalmente, al arameo, sin que ello afecte a la devoción de sus seguidores. La letra se ha convertido en un mantra, en un canto colectivo cuyo significado preciso queda relegado a un segundo plano. El concierto, en este sentido, trasciende la música para convertirse en un ritual, en una experiencia compartida que se alimenta de la imagen y la emoción más que de la comprensión.

Una campaña de marketing impecable y un evento con sus altibajos

Una campaña de marketing impecable y un evento con sus altibajos

La ambición de Rosalía por ofrecer un espectáculo con capas, texturas y una profunda resonancia sensorial es encomiable. El planteamiento conceptual, operístico en varios actos, ha sido analizado al detalle por una legión de “expertos” de nueva generación. Pero, a pesar de la impecable orquestación y la cuidada puesta en escena, el resultado final es un concierto bien ejecutado, sí, pero carente de la chispa de la espontaneidad, de la emoción genuina. La similitud entre las imágenes vistas en Lyon y las de Madrid es reveladora: un espectáculo calculado al milímetro, donde la sorpresa y la improvisación parecen estar excluidas.

El momento más comentado del evento, irónicamente, no tuvo nada que ver con la música de Rosalía. La confesión de Aitana sobre Sebastián Yatra, una “perla”, desveló el verdadero alcance de la trascendencia del concierto: una anécdota intrascendente que eclipsa cualquier logro artístico. Sauvignon Blanc desarma, “De Madrugá” conmueve, y una adaptación en miniatura de “Berghain” recuerda los Brit Awards. Pero, en definitiva, Rosalía no es el advenimiento final, sino una artista que, con mucho esfuerzo y una inversión considerable, ha logrado dominar su carrera, convirtiéndola en un producto de consumo de primer nivel. La cifra habla por sí sola: más de 200.000 entradas vendidas en España, una prueba irrefutable de la capacidad de Rosalía para generar fervor y movilizar a las masas, más allá de las estrictas limitaciones de su voz.