Bryce echenique, un 'boom' peruano se despide con ternura
Buenos Aires – La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires se llenó de un palpable pesar este viernes, no solo por la ausencia de Mario Vargas Llosa y Blanca Varela, sino por el homenaje a Alfredo Bryce Echenique, el escritor peruano cuya prosa, definida por Alonso Cueto y Renato Cisneros como ‘ternura’ y ‘humor cervantino’, dejó una huella imborrable en la literatura latinoamericana.
Un ‘boom’ en sintonía con el alma
Cueto y Cisneros, dos compatriotas que lo conocieron de cerca, pintaron un retrato de un autor que, según Cisneros, “fue un boom en sigo mismo”, un fenómeno literario que, en las décadas de los 60 y 70, revitalizó la narrativa en la región. Echenique, para ellos, construyó un universo propio, un tapiz de personajes desarraigados y personajes que, al contrario, contemplaban con una mirada crítica la realidad. “No eran héroes épicos,” explicó Cisneros, “simplemente observadores, a menudo desilusionados por lo que encontraban.”

La ‘ternura’ como firma ineludible
La ‘ternura’, según Cueto, fue la constante en la obra de Bryce Echenique, la cual, según él, permitía a los lectores “recuperar la mirada sobre la ternura”, una cualidad que, en un mundo a menudo hostil, resultaba profundamente conmovedora. “Pocos escritores nos hacen sentir tan cerca”, afirmó, evocando las historias que surgían de conversaciones cotidianas, capaces de conectar con el público más allá de la veracidad de los hechos. “No importaba si eran verdaderas o no, pero no han sido olvidadas.”
Más allá de las palabras: el humor cervantino
El humor de Bryce Echenique, al que Cisneros calificó de ‘cervantino’, se basaba en la observación aguda y la ironía sutil. Más que chistes, era una forma de cuestionar la realidad, de revelar las contradicciones y las absurdidades de la vida. “Los personajes de Echenique contemplan al mundo y se defraudan de la realidad”, describió Cisneros, mientras que Cueto recordaba su habilidad para contar historias, anécdotas, reales o inventadas, que fluían con naturalidad y generaban risas. “Sus historias eran divertidas y brotaban con naturalidad en cada conversación.”
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